Por qué la música electrónica ya no asusta a nadie [El Mundo]

Por qué la música electrónica ya no asusta a nadie [El Mundo]

 

Leer el artículo original publicado en El Mundo, por Darío Prieto, el 8/05/2018.

El productor y DJ Anstam, en un espectáculo musical-visual. GONZALES PHOTO

 

A finales del siglo XX, la electrónica era la música del futuro. Un futuro de coches voladores en el que la gente sería feliz y todos bailaríamos al son de las máquinas. Hoy, en pleno siglo XXI, la electrónica es la música del presente, aunque éste no sea como nos lo habíamos imaginado. Javier Blánquez (Barcelona, 1975) lo sabe, no sólo porque ha podido ver los cambios de escenarios desde su faceta como colaborador de EL MUNDO: en 2002 coordinó junto a Omar León Loops. Una historia de la música electrónica, un libro colectivo (con prólogo del prestigioso periodista británico Simon Reynolds) en el que se analizaba exhaustivamente el uso creativo de la tecnología en la música desde los futuristas italianos hasta la gran explosión de sintetizadores y mesas de mezclas de los años 90 del pasado siglo.

Década y media después, Blánquez se ha lanzado en solitario a completar aquel tratado en Loops 2. Una historia de la música electrónica en el siglo XXI, que Reservoir Books publica ahora junto a una nueva edición ampliada del primer volumen. Blánquez recorre en el libro, con epílogo del DJ y estudioso Ewan Pearson, los cambios que ha experimentado esta forma de hacer música en lo que llevamos de siglo, justo cuando ha alcanzado su edad adulta, se ha convertido en mayoritaria y, tal vez por eso mismo, ha perdido su poder alucinante de antaño y ha caído en la entropía. «La analogía de la entropía es sin duda pertinente, es comparable a la del enfriamiento del universo una vez se expande y la materia se distancia entre sí», explica el autor del tratado. «Me gusta también la imagen del océano, que quizá sea más útil para explicar el momento actual de la música electrónica, porque es inmenso, denso, está hiperpoblado, resulta inabarcable, y a la vez todavía da una sensación de proximidad, pues ahí se contienen las diferentes músicas y el público, todo ello multiplicado como gotas de agua».

Blánquez considera que «la originalidad, en el sentido de abrir posibilidades nuevas a partir de lenguajes emergentes y tecnologías actuales, se ha ralentizado con respecto a los años 90, pero eso es algo natural: cuantas más regiones exploras, menos territorio queda por descubrir». Que se haya ralentizado «no significa que se haya detenido: siguen surgiendo escenas nuevas, siguen apareciendo nuevos subgéneros, aunque también es cierto que muchos de los géneros o marcos mayores consolidados en los 90 –techno, house, ambient, dub, rave, hip hop, etcétera- siguen siendo los principales puntos de referencia en la actualidad».

LA MÚSICA ELECTRÓNICA PARTICIPA DE MANERA DECISIVA DE LA DESMATERIALIZACIÓN DEL MUNDO
Javier Blánquez

Esta madurez de la electrónica «le da mucha seguridad en el mercado, pero a la vez le lleva a situaciones conservadoras que hacen que echemos de menos parte de la energía y el entusiasmo de la juventud». Sin embargo, «eso no implica ni una reducción dramática de la calidad, de la relevancia y la capacidad de transformación de esta música. Simplemente, ocurre de manera más lenta». En la actualidad, ve «un desborde de la cantidad, una ampliación de la idea original de música electrónica a terrenos que pertenecían a otros géneros y otras culturas, y en ciertos casos una mayor dificultad para encontrar las expresiones de mayor calidad, las más valiosas (hay tanto que se multiplica lo bueno, pero se multiplica también exponencialmente lo malo). Es una abundancia que a veces es tremendamente excitante y a veces provoca una sensación de agobio, de no poder abarcarlo todo».

Al final, su conclusión es que «éste sigue siendo un buen momento, pero para comprobarlo hay que tomar una decisión importante, que es renunciar a ver la actualidad de la música electrónica desde la orilla y lanzarse al fondo del océano. Si no es así, la percepción que podemos obtener sería errónea, y sin duda incompleta».

La recuperación de los 80, el minimal, la expansión del dubstep, la revolución digital en el hip hop y el trap, el vaporwave, la masificación del EDM o la transformación de la música electrónica en nuevo latín comprensible tanto en Kinshasha como en Berlín son algunos de los puntos que trata Blánquez.

El periodista afirma en el mismo que «prácticamente todo lo que escuchamos es música electrónica», no porque la considere un género «sino un marco de trabajo» con compromiso tecnológico. «Lo que me parece muy significativo», detalla, «es cómo la técnica de trabajo, la utilización cada vez más habitual y obligada de programas de edición, composición y masterización, se ha impuesto por encima de cualquier otra opción, salvo en la música en vivo en estilos de naturaleza acústica. En el terreno de la grabación, es imposible separar la música de la tecnología, y muchas veces esta tecnología ocupa buena parte, o todo el espacio, dedicado a la creación».

Y es ahí donde la música electrónica nos dice mucho del mundo en el que vivimos. Por ejemplo, a través de su principal revolución tecnológica: «El paso del marco analógico al digital: el tránsito que lleva de usar las manos para tocar máquinas a usar las manos para mover un ratón y disponer los sonidos, creados en el marco cerrado de una estación de trabajo digital -por ejemplo, un ordenador portátil-, sin salir nunca de ahí». En ese sentido, el ordenador portátil «es un mundo cerrado, y ahí sucede todo: incluso cuando las herramientas analógicas han recuperado preeminencia en estos últimos años, han sido siempre como reacción o complemento al cambio de paradigma, en el que domina lo digital. Y, como complemento de esto último, la duplicación de la esfera de actividad en internet: sesiones de club que podemos seguir online, sellos que sólo tienen su música disponible para descarga o que flotan en una corriente infinita de streaming… La música electrónica participa de manera decisiva de la desmaterialización del mundo».

Es también el caso de los DJs como nuevas rockstars. «Llegó un momento en que ser DJ era una profesión deseable: a su alrededor se movía el dinero, las drogas, el sexo, los discos gratis, todo era fácil de obtener, era como ser una estrella del rock pero sin tener que compartir los beneficios con nadie más. Esta evolución, lógicamente, llamó al dinero», relata. Y supuso una «tergiversación o banalización de la idea original del DJ, que tenía un estatus de artista» y la transformación «de la cultura rave en Estados Unidos, la EDM, en una rama más de la industria del pop». Los DJs que de verdad saben hacer bien su trabajo, sostiene el autor, «son hoy un bien escaso y a veces mal interpretado. Era uno de los peajes que había que pagar -y muy caro que se ha pagado- con la popularización completa de la música de baile. Cuando hay mucho dinero en juego, parte del precio que se paga es a costa del alma».

Y eso nos dice todavía más cosas: «La sospecha de que estamos en una etapa terminal de la civilización occidental no va del todo desencaminada: el hedonismo puro, despreocupado y en cierto modo amoral que se aprecia en episodios como la EDM es sintomático de un momento de gran crisis económica y moral, y por tanto de un hipotético fin de ciclo; en sus años finales, la república de Venecia y el imperio romano se lanzaron también a una carrera desenfrenada de placeres, porque no había un proyecto de futuro más atractivo».

A la vez, «esta negación de la posibilidad de un futuro estimulante está despertando fantasmas de todo tipo: la música electrónica carga con su propio pasado, hay un exceso de historia, como ocurre en nuestro presente cotidiano -quizá porque estamos expuestos a más datos e información de la que podemos procesar y soportar-, que se nos hace agobiante porque en él confluyen demasiadas percepciones del tiempo» Como respuesta a esto, «hay otras ramas y escenas que buscan una salida, alternativas de desarrollo: la implicación que han tenido muchos artistas y escenas en la visibilidad de la mujer o de minorías como las personas transexuales también nos hablan de un mundo en transformación, que todavía no se sabe hacia dónde va exactamente, pero que lucha contra la idea de que no hay esperanza de cambio. En general, la música electrónica, si se analiza con detalle, es un buen barómetro de las presiones, fracasos, anhelos y esperanzas de nuestro tiempo».

Pero, en un mapa de estas proporciones, ¿cómo orientarse? ¿Cómo saber cuál es el camino más estimulante? «Seguramente, el que tiene más que decir en el presente y el futuro sea el concepto de gueto global o world music 2.0: todas las nuevas músicas que están surgiendo en diferentes partes del planeta, algunas completamente alejadas del centro de poder anglosajón, desde el electro-chaabi en el mundo árabe a los afrobeats en el África negra -y esta diáspora global la podemos extender al dancehall en Jamaica, al k-pop en Corea y a la cumbia electrónica en toda América Latina-». Aquí es donde están sucediendo «cosas inesperadas, sorprendentes, distintas, y en ningún caso anecdóticas, y es el marco de desarrollo más vigoroso para estas músicas, así que el adjetivo ‘estimulante’ encajaría muy bien aquí». En lo personal, a Blánquez le fascina sobre todo «la respuesta musical ante el desencanto de una idea de futuro prometida en décadas anteriores que no se ha materializado tal como la soñábamos, y cómo eso ha creado géneros -que en el libro unifico bajo el epígrafe de «futuros traicionados» – como la hauntology, el vaporwave o el regreso de los sonidos analógicos. Es la corriente con mayores implicaciones filosóficas, la que nos habla sobre el malestar en el mundo».

Cronología de la electrónica de este siglo

  • 2000. El fiasco DJ del Milenio. Se publica ‘Kid A’, de Radiohead
  • 2001. En el año del 11-S, ve la luz ‘The blueprint’, de Jay-Z
  • 2002. Llega el electroclash. 2 Many DJs publican ‘As Heard on Radio Soulwax Pt. 2’
  • 2003. ‘Closer’, de Plastikman
  • 2004. Llega el reguetón y el grime. Es el año del debut discográfico de Kanye West
  • 2005. Debut de LCD Soundsystem y de M.I.A.
  • 2006. En Londres arrasa el Dubstep. Primer disco de Burial. Daft Punk incendian Coachella con su pirámide.
  • 2007. Primera explosión del ‘trap’
  • 2008. Portishead publica ‘Third’ y llega la electrocumbia
  • 2009. Es el año de David Guetta y Black Eyed Peas
  • 2010. Suena el vaporwave, con discos como ‘Before today’, de Ariel Pink
  • 2011. Dos divas del pop se entregan a la electrónica: Lady Gaga y Rihanna
  • 2012. El EDM se extiende por EEUU, con Skrillex a la cabeza.
  • 2013. Es el turno de un DJ y productor sueco: Avicii
  • 2014. Eclosión del R&Balternativo (FKATwigs, Frank Ocean, The Weeknd…)
  • 2015. Jamie XX publica su primer álbum en solitario: ‘In ghost colours’
  • 2016.’Views’, de Drake
  • 2017. Arca rompe las convenciones estilísticas y de género con su tercer álbum.